sábado, 14 de junio de 2014

LAS DOS CARAS DE LA CIUDAD EN QUE VIVIMOS

Viajando por este largo camino de la vida, aprendiendo de ella lo que he considerado que me sirve y lo que puede servir a esa hermana querida que tengo que se llama la HUMANIDAD, he visto tantas cosas como la que en mi relato les trataré de ilustrar.
Entrando en una gran ciudad quise conocer los sitios más destacados del gobierno, de los religiosos y de los adinerados.
Me quedaba verdaderamente maravillado y m e decía: “¡Tantas cosas buenas que se pueden hacer con la voluntad y el dinero!. ¡Qué ciudad tan bella!, coches de último modelo, reinados, belleza, grandes inversiones hechas para mostrar una ciudad avanzada”, y yo me decía: “Si estos son atributos propios de esta ciudad y de estas gentes, yo quisiera vivir aquí”.
Hice los preparativos para hacerlo, pero me dije: “Voy a conocer mejor esta ciudad y a las gentes”.
Me fui detrás del Palacio de Gobierno y allí vi desorden, violencia y pobreza.
Me fui detrás de la Iglesia más lujosa de la ciudad y encontré a mucha gente mendigando unas migas de pan, sin un bautizo, sin una nacionalidad porque carecían de los recursos físicos y económicos.
Quise visitar la cárcel y encontré cientos de personas que, por violar la ley, allí se encontraban y me dije: “¿Habrá hospital?”.
Lo busqué y entré en él y encontré a un grupo de médicos luchando con cientos de enfermos, pero sin recursos; esto me decepcionó y me fui al parque de esta ciudad a hacerme los siguientes interrogantes: “¡Lástima de esta ciudad tan bella, pero sin justicia!, porque el Gobierno no vela por los desprotegidos. ¡Lástima de esta ciudad tan bella pero sin amor”, porque los religiosos no quieren ver esta miseria humana; sin embargo predican en nombre de Dios; discriminan a las gentes en nombre de Dios; persiguen a las gentes en nombre de Dios; calumnian a las gentes en nombre de Dios y, lo peor de todo, es que al ignorante le imponen un Dios antropomórfico que sea como ellos quieren que sea y no como es”.
Viendo yo esta miseria humana, dije: “Como en esta ciudad hay tanta discriminación, voy a buscar un lugar para compartir con los pobres unas migas de pan, unas medicinas y sobre todo un hogar”.
Para esto elegí a la niñez desamparada y a unos cuantos de ellos me llevé desnutridos, haraposos e ignorantes. Pero sabe Usted, querido lector ¿cuál fue mi sorpresa?, que un día cualquiera algunos religiosos de la ciudad reaccionaron y se lanzaron a la búsqueda de aquellos niños y los encontraron donde ya tenían hogar, tenían salud, tenían alimento. Fueron a sacarlos alegando que le pertenecían a ellos por su religión; por ser un patrimonio heredado de generación en generación, vivieran como vivieran”.
Eso me llamó a la reflexión y quise saber su profundo contenido. Meditando y comprendiendo esto, llegué a la conclusión y es la siguiente: “Esos personajes sustentan un imperio en el mundo y así como la mata de jardín se alimenta de un abono para echar sus flores y embellecer los campos, así estos sistemas y personas necesitan del ignorante y del pobre infeliz que se debate en la miseria para poder ellos, sobre estos escombros de la sociedad, levantar y mostrar al mundo su inmenso poder”.
Hermano lector, la sociedad se desmorona en diferentes niveles y sistemas los cuales solo sirven para acrecentar el dolor, la ignorancia y la violencia.
Mi reflexión es que:
“El hombre sabio debe ser libre para poder guiarse por la voz interna de su conciencia y llegar algún día a encontrar el origen de lo que ha sido, de lo que es y de lo que aspira ser...”.