Meditando en estas cosas de la vida, he querido descifrar mis sentimientos y descubrir que es lo que busco, que es lo que quiero y, sobre todo, que es lo que me sirve, porque creo que todos mis semejantes también buscan en lo enigmático de la vida algo que le de respuesta a eso que ni los pensamientos, ni los sentimientos les han dado.
He subido a las montañas y he andado en las llanuras; he leído en la historia las hazañas de los Próceres; he conocido la amargura de los más desventurados y, al fin, me he convencido que nadie me daría la respuesta que mi conciencia necesita.
Fue así que resolví sentarme al pie de un arroyo cristalino y puro a verle deslizarse, produciendo su natural arrullo.
Dentro de esas aguas se movían cientos de pececillos que, sin razonar en nada, allí se alimentaban y yo me dije: “¿Por qué seré yo así como soy tan razonativo, tan pesimista y sobre todo con tan poca fe?”.
Resolví lanzarme a las aguas y nadar como los peces.
Tomé y tomé tanto de ellas hasta que sacié mi sed; luego salí de allí y emprendí mi viaje a la montaña por un camino rocoso y difícil, intentando llegar hasta la cumbre y desde allí divisar las llanuras y también elevarme hacia el espacio como las aves voladoras y contarle a todo el que encontraba que si tomaba de las aguas puras de ese río, calmarían la sed para siempre y podrían emprender el viaje a la conquista de las alturas; compartir con las aves voladoras; extasiarse con el perfume de los campos y presenciar el amanecer de un nuevo día.
En ese viaje largo y sin regreso, platicar frente a frente con la tierra, con las aguas, con el aire y con el fuego y decirles que de ellos soy su parte pero que, por voluntad divina, me elevaré a las esferas y tocaré el arpa cantarina que me dará las notas de mi orquestada voz y con este arrullo elevaré mi alma hacia los pies del Arquitecto de los días,... ¡DIOS!.
V.M. LAKHSMI