sábado, 14 de junio de 2014

ENCUENTRO CON EL SILENCIO

En una noche oscura y solitaria penetré en la selva y desperté al silencio que allí había y pude conversar con él y él me dijo: “¿Qué buscas?”, y yo le respondí: “Busco a alguien que me haga compañía y pienso que eres tú” y él me dijo: “¿Sí?, no te das cuenta que contigo anda la soledad y mientras ella esté contigo no te puedo acompañar”: y yo le dije: “¡Ah!, pero si dejo la soledad, ¿tú me acompañas?”, y él me contestó: “Si dejas la soledad, buscas al silencio que él te guiará” y yo le dije: “Luego..., ¿acaso no eres tú?”
Entonces me dijo: “Si, yo soy el silencio pero de las noches del campo y del espacio y tú tienes que buscar tu propio silencio. Él te guiará hacia lo que buscas”.
Yo no entendía en su totalidad lo que me quería decir.
Sentado en una piedra fría y con la humedad de la noche y ante tan enigmáticas palabras fui entrando en un mundo diferente.
Observé... La soledad ya no existía en mi, sólo había una intensa paz y un silencio muy profundo y yo me dije: “Cuando salga de aquí encontraré nuevamente a la soledad, a ese personaje que es tan mala compañía, aquella que hace reaccionar mi mente, mis emociones y mi instinto y que, por razones muy humanas, busco a alguien que me haga compañía para hablar con él lo que no debo; escucharle también su historia; alejándonos los dos de esta realidad y cayendo desgraciadamente, donde cada quien cuenta una verdad ficticia; donde cada quien dice tener la razón; donde se busca hacer un reino con el dinero, con el poder y los placeres, huyéndole a la verdad por nuestras debilidades”.
Yo, sentado en esa piedra fría, todas estas interrogantes me hacía y me pregunté: “¿Encontraré yo a alguien que con una mente fría y reflexiva escuche mi relato?”. Y la respuesta que me di fue que era muy difícil, pero quizás no imposible y en ese mismo instante me dije, entre sí: “Para yo contar este relato en mi camino a todas las personas que encuentre, me es demasiado dispendioso” y en mi imaginación creadora, dije: “No lo cuento, lo escribo para que algún día y en algún lugar esta historia pueda llegar a tus manos, querido lector”.
Pero aquí no termina mi relato.
Después que pasaron todas mis interrogantes, le dije a mi silencio interior: “Mira, amigo mío, si me devuelvo en mi propósito, qué dolor, mira lo que me espera; si sigo adelante, ¿qué tienes para enseñarme?”, y él me contestó: “Te vas a encontrar contigo mismo, con tu realidad, con la belleza de tu mundo interno, con lo imperecedero y para no quitarte más tiempo te diré que, allá en el fondo, encontrarás la Verdad, pero no  una Verdad ficticia, una Verdad que te dirá lo que has sido, lo que eres y lo que serás”.
Entonces yo le dije levantándome de aquella piedra fría: “¿En qué dirección sigo mi camino?, y él me dijo: “No... quédate quietecito que cuando tu cuerpo está quieto el Espíritu anda ¡Sigue adelante!”.
Volví y me senté y le dije a mi silencio: “¿Qué hago ahora?. El silencio no me contestó, simplemente me indujo a que siguiera sintiendo.
De repente sentí que mis sentidos y mi corazón se conjugaban en uno solo para contemplar aquel paisaje sembrado y cultivado por la Gran Realidad, fuera del tiempo, del peso y la distancia.
Yo me decía: “¿Cuál será la razón que me obliga a vivir en el mundo de las formas, de la densidad y del tiempo?”.
En ese momento comprendí: “¡Es que yo también estoy sometido a la pena de vivir!”.
Volví y me interrogué, y me dije: “Si todas estas cosas bellas y lindas que contemplo, el aura de los mundos me ilumina, ¿quién lo ha hecho todo?”
Y, en ese instante vi a esa Gran Realidad, a esa Gran Verdad que, con su Gracia y con su Amor, llenaba de éxtasis y de un Samadhi sublime la parte interna de todas las criaturas que no encontramos sometidas por nuestra imperfección a los mundos y a las leyes.
Adorando profundamente aquella Gran Verdad, regresé al mundo de las formas y exclamé con gran voz: “¿Cuál es la Verdad que en este mundo discutimos?”.